Antecedentes 14
Pasaron alrededor de seis meses desde mi despido del equipo de inventarios hasta que recibí una llamada diciendo que si quería podía volver. La verdad es que no lo pensé y acepté de inmediato, quizá en gran medida porque las experiencias que tuve ahí fueron gratas (lo hice por la cerveza en realidad).
En Matrix, particularmente la segunda y tercer película, hay una frase recurrente entre Morfeo y Niobe: hay ciertas cosas en este mundo que no cambian... y otras cosas que sí. Suponer volver a un sitio y que todo se mantenga tal cual como lo dejaste es un error constante, y no solo me refiero a los lugares. Todo avanza, puede ser, tan lento, que en ocasiones no percibimos el cambio cuando lo vivimos de primera mano, cuando somos parte de él. Sin embargo, apenas dejamos los espacios, las personas, van transformándose en una nueva versión que al volver es irreconciliable.
Desafortunadamente, no percibí el cambio al regresar, incluso puedo asegurar que no lo percibí sino hasta muchos años después. En ese momento me pareció que todo estaba en su sitio, incluso la chica con la que no debería hacer nada, ni declarar nada. M. seguía en la misma oficina, llegaba todavía a la misma hora de siempre y su perfume era tal cual lo recordaba.
Su cara, al verme de nuevo , fue de alegría, una alegría casual, parecida a ver a un viejo conocido con el que compartiste una buena charla alguna vez. Yo, estuve agradecido por esa alegría y eso ocasionó que cometiera mi primer error en esta nueva etapa: pasar más tiempo en la oficina.
Mi jefe directo era el encargado de capturar todos los datos que arrojaba el inventario, esto lo hacía desde el escritorio contiguo de M., después de las 2 o 3 de la tarde. En teoría nosotros éramos libres a partir de las 2, salvo en casos peculiares. A nadie le hace daño la ayuda extra, sobre todo si es gratis: esa era mi oportunidad, mi puerta de entrada.
Le pedí a mi jefe que me enseñara a utilizar el sistema en el que capturaba y que me dejara apoyarlo. Evidentemente él supo de inmediato que, más que prestarle ayuda, lo hacía por mis propias motivaciones, así que aceptó, por tanto, todo bien, al menos eso pensaba. Tenía muchas horas para aprender de sus gustos musicales y de todas aquellas cosas que llegaba a comentar. Para aquellos que lo piensan ahora, sí, básicamente era un acosador. Y sí, suena terrible, y lo es, pero si quería tener una posibilidad era necesario que supiera si cumplía con ciertos requisitos que ella pudiera "pedir".
Debo aclarar que eventualmente dejé de ser un acosador, es decir, dejé de ser el que escuchaba desde "lejos" y pasé a platicar directamente con ella, a trabajar en un canal de comunicación profunda y segura en el que pudiéramos expresar cualquier cosa sin miedo al prejuicio, eso ayudó mucho. Poco a poco fui descubriendo cosas acerca de ella y acerca de mí. ¿Recuerdan que dije que no era de los que se metían en una relación? Pues justo aquí descubrí que no me molestaba hacerlo. ¿Me sentía mal por ello? En absoluto. La razón de la falta de culpa se debió a que entre las cosas que descubrí estaba un proceso de abandono por ambas partes. Y, si antes de mi presencia ahí ya habían decidido terminar con lo que tenían, no era mi culpa y mucho menos me volvía el villano (eventualmente uno descubre que en la vida no hay un malo o un bueno, todo es bienestar de alguna de las partes, y todos actuamos desde el egoísmo).
De este modo llegamos a la noche en cuestión. En esa ocasión ella estaba terminando algunas cuestiones de nómina y yo estaba por terminar con mi trabajo. Estábamos solos en la oficina. Al despedirme le dije que me gustaba mucho y que sería lindo hablarlo algún día. Ella no respondió, entonces aproveché para irme. Imaginé que no habría un después para el tema. Sería quizá como una de esas cosas que uno, ella en este caso, prefiere olvidar y dejarlo volando por siempre para no meterse en problemas, pero más tarde esa misma noche, ella me envió un mensaje.
- ¿Por qué tenías que decírmelo? Es obvio que te gusto y lo sabía y hasta ahí todo estaba bien, entonces ¿Por qué arruinarlo confesando lo evidente?
Mi respuesta, extremadamente larga pero dividida en breves mensajes, se resume en lo siguiente: Aquella ocasión cuando te pedí que tomáramos café y no dije nada me sentí mal por callar algo que sí tenía intención de revelar.
Ella aceptó que imaginaba algo así pero que pensó que estaba equivocada cuando le dije lo que sea que le haya dicho. De verdad no logro recordar qué fue. Y entonces dio por cerrado eso hasta semanas después de mi regreso, donde a todas vistas dejaba en claro que había algo más.
Seguimos charlando a lo largo de tres horas probablemente, solo que ya no del tema, eso lo dejamos de lado y comenzamos a mencionar todas las cosas que se nos ocurrían: música, películas, quién nos caía mal en el trabajo, secretos de oficina (chismes), etc. Al final ella llegó a su casa y fue el momento en el que dejamos de escribir. Después, en los siguientes días, todo pasó como si nada. Preferí no sacar el tema a colación y ella tampoco quiso hacerlo.
La siguiente semana al despedirme bajo condiciones similares: solo nosotros en la oficina, la charla nos alcanzó demostrando que las cosas llegan tarde o temprano, algunas pronto como el beso que tuvimos esa noche, algunas más tarde como mi locura que, pese a no haber estado presente en esta temporada, seguía ahí esperando el mejor momento para hacerse presente.
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