martes, 23 de febrero de 2021

Acerca de los espacios que dejamos

En septiembre del año pasado ELLA y yo teníamos planes de construir un espacio juntos. Meses atrás exploramos diversas opciones y finalmente hallamos una que parecía adecuada. Me encontraba más que entusiasmado. El espacio no era muy grande, pero sería nuestro y ahí podríamos conocernos y crecer juntos. 

El día en que comenzamos a mover más cosas nos enteramos de un par de noticias que impedían que todo sucediera tal cual lo habíamos planeado, ¿ya les dije que las cosas no suceden como uno lo espera? Así que con esa nueva realidad decidimos hacer lo mejor posible.

Lo primero que pasó fue que cedí mi copia de las llaves, eso me hizo sentir con un pie fuera del plan, pero como todo buen adulto no dije nada: hay cosas que es mejor no decir por el bien común. Los siguientes pasos también fueron dejándome fuera del panorama, aunque era un espacio en el que podía estar, ya no era mío. No discuto el hecho de que para ELLA era necesario que ese lugar fuera un proyecto o plan personal, por eso era mejor aceptar que no tenía vela en ese entierro y simplemente apoyar en la medida de lo posible.

Poco después vinieron las peleas, las reconciliaciones, y más discusiones.

En diciembre decidí que era mejor apartarme y cortar toda comunicación para que cada uno pudiera crecer a su ritmo y resolver las cosas que tenemos pendientes.

Hace dos semanas ELLA vino a verme y me contó que debía dejar el apartamento. Era una cuestión que escapaba a su control y por tanto no había algo que pudiera hacer para conservar ese sitio.

La semana pasada pude estar algunas horas con ella ahí, todavía no se sentía el movimiento de la mudanza y del cambio, pero en estos días, y a través de fotos he ido observando cómo el lugar que alguna vez sentí mío ha ido perdiendo su forma: la que yo conocía.

Esto me ha hecho pensar en el final de Friends, ese episodio en el que todos se ven por última vez en el apartamento que de algún modo compartieron a lo largo de tantos años. 

No me he atrevido a decirle cómo me siento, o las cosas que pienso respecto a esto, pero sin duda existe un vacío que va creciendo a la par del que se puede mirar en su departamento. Pienso que extrañaré poder recostarme en su cama para llorar después de sentir que no podemos estar juntos. Me hará falta el canto del gallo por la mañana, pero sobre todo me duele la idea de que las cosas ya no sucedan entre nosotros. 

Yo no sé cuál es mi papel ahora mismo en esto, me siento un mero espectador, un niño que puede estar en la calle pero solo si se queda sentado junto al adulto responsable. Mientras tanto miro cómo la tarde transcurre y mis ganas de saltar, ensuciarme las ropa y rasparme las rodillas se quedan en mis manos sudorosas de ansias.

La ansiedad crece, los días se tornan de nuevo insoportables y pienso en uno de los nocturnos de Xavier Villaurrutia, Nocturno muerto:

Primero un aire tibio y lento que me ciña
como la venda al brazo enfermo de un enfermo
y que me invada luego como el silencio frío
al cuerpo desvalido y muerto de algún muerto.

Después un ruido sordo, azul y numeroso,
preso en el caracol de mi oreja dormida
y mi voz que se ahogue en ese mar de miedo
cada vez más delgada y más enardecida.

¿Quién medirá el espacio, quién me dirá el momento
en que se funda el hielo de mi cuerpo y consuma
el corazón inmóvil como la llama fría?

La tierra hecha impalpable silencioso silencio,
la soledad opaca y la sombra ceniza
caerán sobre mis ojos y afrentarán mi frente.

Sigo pensando en el mar, sigo creyendo que el mar me llama con tal fuerza que no puedo, ni quiero, resistir a su llamado.

Pronto en mis oídos
el ruido de las olas
y en mi boca su nombre 
pierde fuerza en el agua 
tal vez mañana el sol 
en mis ojos sin nadie

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