miércoles, 28 de octubre de 2020

El nuevo desenlace

Antecedentes 3

Comencé a concentrarme más en el basquetbol. Había entendido que dentro de las jerarquías sociales, aunque desconocía cuáles eran en específico, no tenía un lugar en el que encajara por completo pero en compensación creé un grupo en el que no me sentía ajeno. Descubrí mi primer mecanismo de control, una manera en la que podía callar la idea de que mi paso por este universo no tenía significado alguno. Entonces me dedicaba a hacer mis actividades de clase, en el receso desayunaba rápido, o no desayunaba, y me juntaba con mis "amigos" (solo uno de ellos perdura en mi vida hasta el día de hoy) a jugar, y en las tardes me olvidaba de los deberes escolares y en su lugar me la pasaba en el parque jugando hasta que anochecía. Durante tres años todo estuvo bien, claro que existieron incidentes menores, como personas que también me rechazaron, y que cada año renovaba mi propuesta, aunque ya no de la misma forma, con la chica de la historia inicial de secundaria, sin embargo reitero que durante tres años todo estuvo bien, aunque, y esto lo aprendí con el paso de los años, hay pensamientos que aguardan el momento específico para volver a ti, ya sea de manera positiva o negativa.

Estábamos en un auditorio, todavía formados, el director daba las palabras finales y despedía a la generación augurándonos gran éxito y muchas aventuras para el futuro. Comenzó a predominar el barullo que indicaba que cada uno  buscaba a sus mejores amigos para despedirse. Desde mi lugar pude encontrar rápidamente a las personas que me interesaban, cada una abrazaba a alguien más, algunos lloraban y yo seguía de pie como si no existiera. Y no me mal interpreten, no me sentí mal o triste, solo me sentí desencajado nuevamente. Pasé tres años en una institución no muy grande, por ende no éramos tantos alumnos y sin embargo era invisible. Donde sí me sentí mal fue cuando encontré la cara preocupada de mi madre en las gradas, entre los familiares de todos mis compañeros.

Mi madre me miraba como adivinando mi futuro y se lamentaba desde ese instante el saber que no había desarrollado las habilidades suficientes para socializar con las personas. Cuando me acerqué a ella me preguntó si no me despediría de alguien. Respondí que no, que aquellas personas que fueran mis amigos estarían conmigo todavía en los años venideros y por tanto no había razones para despedirse. No estoy seguro si eso sirvió para tranquilizarla o para preocuparla más porque no quise ver su rostro después de mi sentencia impasible. 

Recuerdo un regreso a casa silencioso, mi vista pegada a la ventana y los árboles que pasaban rápido junto a nosotros. Después de eso nada. Quizá llegué a casa a dormir, o a comer. Tal vez salí a jugar al parque o incluso puede que me haya dedicado a caminar durante horas. Lo que sí recuerdo es que finalmente aceptaba que no encajaría y entonces tomé mi lugar en el universo: quedarme alejado de los otros, no formar vínculos y ver qué tan lejos podía llegar. Me había autoproclamado un ermitaño y estaba seguro que esa era mi finalidad, mi propósito.

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