martes, 27 de octubre de 2020

El nuevo desenlace

Antecedentes 2

Así pues comencé mi etapa de secundaria tratando de ignorar, de manera satisfactoria en ese entonces, la idea de que algo estaba mal conmigo. Estoy seguro que mucho tuvo que ver con la cantidad de horas que pasaba en el parque de la colonia jugando basquetbol, de cualquier modo parecía que la situación de aislamiento estaba bajo control. Es decir, a pesar de que me sentaba al fondo del salón, no por elección propia sino por ese estúpido sistema de sentarnos de acuerdo al orden de la lista, no tuve problemas para llevarme con las personas que se encontraban a mi alrededor. 

Lo anterior no quiere decir que no hubiera indicios de lo que me sucedía, ya que siempre que me vi superado por alguna situación (usualmente algo que me sucedía por primera vez) optaba por alejarme hasta comprender los hechos, y hasta entonces, retomaba lo cotidiano. Sin embargo este "alejarme", nunca fue una cuestión física visible, lo explico: en ninguno de los casos en los que opté por analizar lo que pasaba desaparecí físicamente de los espacios; en realidad considero que esto fue lo más peligroso, porque con las personas que de momento dejas de ver por largo tiempo puedes saber que hay algo, pero ¿Cómo puedes determinar que una persona la pasa mal cuando en apariencia es funcional? Eso sucedía conmigo, optaba por pasar largos ratos en mis adentros (una especie de espacio mental en el que puedes pensar de manera desbordada sin preocuparte por las cosas que suceden alrededor) y no obstante seguía interactuando con los otros justo como lo hacía diariamente. Entonces el problema crecía, aunque para mí no tuviera relación.

Por si fuera poco un pensamiento nuevo llegó para instalarse y empeorar todo: el afecto por otros. Hasta ese momento de mi corta vida me había interesado en dos personas, ambas en la primaria, y yo sé que normalmente las personas suelen tomar esos casos como intrascendentes pero para mí fueron también el inicio de lo que sigo cargando y uno de mis sentimientos más profundos de fracaso. 

La televisión formaba parte esencial del transcurrir de los días y estaba encendida desde las 7 de la mañana hasta las 12 de la noche. Así que crecí tomando como normal el barullo de algo mientras las actividades regulares se completaban; por tanto,  al desayunar había noticias, en la comida era Plaza Sésamo, durante la tarde, si es que me quedaba en casa, era el tiempo de las telenovelas o algún programa de corte como el de Mujer casos de la vida real, y en la noche de nuevo era el turno de las noticias. Esto pasaba de lunes a viernes, pero el fin de semana era una programación diferente para nosotros, porque eran los días de las películas. Lo cual nos resultaba emocionante porque los fondos familiares no alcanzaban para ir al cine, cosa que perduró por muchos años.

Mi familia siempre ha sido aficionada a las películas románticas, en cualquiera de sus presentaciones, así pues todas aquellas cosas que iba viendo en ellas las adjuntaba a mi concepción de cómo es que debe ser una relación entre dos personas que se gustan (ahora lo digo así, pero en esa época todo era amor para mí). Comentario al margen: no dejen que los niños vean esas películas, hace mucho daño en la vida.

Lo anterior respecto a las películas lo comento porque estando en primero de secundaria me interesé por una compañera del grado y grupo, pero gracias (sarcásticamente) a la cantidad de películas que había visto terminé haciendo de mi declaración amorosa un momento incómodo, con justa razón, ya que al confesarle cuánto me gustaba lo hice con una rodilla al piso, sí, en efecto, justo como las personas piden matrimonio en las pelis. Sobra decir que me dijo que no y que ese día no solo me sentí apenado en mi salón sino en toda la escuela, porque de algún modo para la hora de receso ya todo mundo sabía de lo que había hecho. Este evento me puso en el mapa escolar como una leyenda chusca durante 3 años y al menos durante los siguientes 5 años, después de mi paso por esa escuela, algunas personas seguían hablando de eso.

El segundo punto de quiebre en toda esta historia surgió a partir de ese evento. Ahí es donde nació el sentimiento: no soy suficiente para que alguien se interese del mismo modo en que yo me intereso en ellas. Ahora existía un adolescente que no solo luchaba con el aislamiento selectivo sino que comenzaba a tener problemas de autoestima y que en ambos casos prefería no hablarlo para no ser un bicho raro. Para expresarlo de manera visual, es en este momento en que la cámara enfoca a mi grupo cercano de ese entonces y hace un acercamiento a mi rostro en el que la sonrisa se desvanece poco a poco después se centra en mis ojos y comienza a sonar My impure hair de Blonde redhead.

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