domingo, 24 de enero de 2021

Enloquecer en domingo

La eternidad de los domingos

Hubo algún tiempo en el que me despertaba muy temprano en los domingos para ver la televisión. Recuerdo que lo hacía porque era el único momento en la semana en el cual podía elegir el canal y los programas que quería ver, de tal suerte que a las seis de la mañana ya estaba frente al televisor mientras todos los demás en casa dormían. 

Con el tiempo cambié la televisión por actividades diferentes, algunos días, los más, preferí la lectura, otros tantos salía a caminar o trotar, esto solo porque me gusta ver el cambio de colores en el cielo que se produce en las primeras horas del sol en el firmamento. Así como en el diálogo de Tom Hanks en Forrest Gump donde habla de cómo en el desierto no podía diferenciar dónde comenzaba el cielo y terminaba la tierra. 

Algunas veces solo me quedaba en cama mirando las figuras que mi imaginación creaba en el techo de mi habitación, creo que llegué a las 53 imágenes diferentes, al menos en cuatro años. Y fueron justo estos momentos de contemplación los que poco a poco me fueron haciendo consciente de lo extremadamente largos que son los domingos. 

Para muchas personas los domingos son un suspiro de la semana, un día casi inexistente que sirve para sentir el cansancio adelantado de las labores que comienzan el lunes y se extienden, en algunos casos, hasta el sábado. Sin embargo, para mí, y seguramente para muchos otros más, el domingo es un conjunto de lentas horas que solo pueden ser empleadas para tener un ataque de ansiedad debido a la gran cantidad de pensamientos que se concentran en mi cabeza. 

Algunos dicen que esto es parte de ser adulto, pensar en las cuentas por pagar, listas de trabajo pendiente, proyectos por concluir o ni siquiera comenzados, mensajes no enviados y llamadas no realizadas. Pero yo no creo que sea un paquete de la vida adulta, porque recuerdo algunos momentos en los que miraba las imágenes del techo y pensaba en las tareas que no había entregado en el colegio, los problemas que tuve con mis compañeros y el dinero que no poseía para comprar dulces o comida en la tiendita escolar. 

Lo que trato de decir es que desde pequeños ya tenemos problemas que nos agobian, pensamientos que no nos dejan dormir hasta tarde un domingo, así pues solo vamos cambiando el nivel de las cosas que nos preocupan y la fuerza con la que vamos perdiendo la razón. Lo único que no cambia con el paso de los años es la cantidad de horas, más que solo 24, que un domingo tiene y que nos ofrece para que podamos enloquecer.

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